Capítulo 16
Septiembre
—Bueno, ya está bien —exclamó François.
Dando un carpetazo sobre la mesa abarrotada de folios y pruebas de imprenta. Varias hojas sueltas volaron en un alegre desorden. Cruzó los brazos y decidido, esperó a que su contertulio levantase la rubia cabeza de lo que sea que estuviese haciendo.
Con gesto divertido, le observó arrugar el entrecejo y alzar la mirada. Unos ojos brillantes y enrojecidos le observaron con desagrado. Estaba pálido y las ojeras eran similares a las que recordaba de hacía años, cuando el joven era uno de los peores calaveras de Paris. Salvo que ya no era así. Ni su expresión cerrada hablada de noches de placeres, precisamente.
— ¿Qué crees que estás haciendo? —sin saber cómo, y tras aquel largo tiempo lleno de formalidades, habían empezado a tutearse. Georges se frotó los párpados y suspiró. François le miraba de hito en hito, como esperando algo de él —Cómo puedes ver, estoy muy ocupado.
—Más de un mes, Georges —le respondió con calma —llevas más de un mes completamente ido.
— ¿Ido? —repitió con voz neutra. Evadiendo la respuesta, se dejó caer sobre el respaldo acolchado de la silla de su oficina —Sabes que dentro de cinco días me marcho para Epernay y quiero dejarlo todo en orden.
—Me quedo en tu puesto —sonrió con humor François —Nada puede ir mal.
—Sí, eso ayuda —la boca se torció en una mueca irónica —pero aún tengo dudas de que seas lo bastante duro —se burló mientras volvía a fijar los ojos en un folio enfrente de sí —Toma entonces y hazte cargo, ahora te corresponde a ti contestar y valorar cosas como ésta.
— ¿Qué es? —recogió el papel con curiosidad.
—La última critica de Claude Deveraux —Georges se recogió un mechón de cabello sospechosamente despeinado y sonrió con algo que era muy parecido al orgullo fraternal —Mejora con cada nuevo texto, ya verás. Es ácido y muy divertido. Y extremadamente inteligente, hace comentarios de una sorprendente lucidez para alguien tan joven.
— ¿Y qué tal está nuestro poeta? —François aún recordaba con estupor la última visita del muchacho a la redacción y lo que le había sido desvelado.
—Entusiasmado con Epernay y con Pierre Brissard —respondió Georges con genuina alegría —Supe que ese hombre le haría bien, es un buen tipo. Calmado y completamente centrado en su trabajo, lo que necesitaba ese chico.
—Sí, es cierto —decidió no ahondar en el tema de muchacho Deveraux, pues la verdad era que aún estaba asombrado de lo que había leído de su puño y letra. Sobraba decir que estaba, además asqueado y alarmado de lo que eran capaces algunas personas por unos momentos de retorcido placer —Pero no cambies de tema amigo, salgamos a tomar una cerveza. Vamos, necesitas evadirte de todo esto —su brazo abarcó al atestado despacho —en algún momento.
—No puedo —afirmó sin levantar los ojos de lo que estaba escribiendo con celeridad. El rasgueo de la pluma fue lo único que se escuchó durante unos minutos en el abarrotado y sofocante cuarto, de paredes grisáceas. Al fondo, los ruidos típicos de la redacción conformaban una cacofonía, que a fuerza de ser cotidiana, ninguno de los dos apreciaba ya.
—Si no fuese porque tengo seguridad que te pasas el día y las noches aquí, diría que has vuelto a tus antiguas costumbres —le espetó sin ceremonia — ¿Tiene esto que ver con la marcha de Laroche hace un par de semanas?, ¿O con ese rumor de que hubo mas que palabras con el conde D ´Arceneu?
—Para nada, no sé…—pero el tono cetrino de su semblante le dijo a François que había dado en la diana —Porque tendría yo que….
—Por favor Georges —le atajó con un suspiro impaciente —Leí ese periódico, y esa obscena confesión. Aunque no se daban nombres, sí se reunían los datos suficientes para sumar dos mas dos. ¿Qué ha pasado? Sabes que puedes contar conmigo.
Lo ojos azules se alzaron para detenerse en los del redactor. François se echó para atrás con aprensión, algo en la expresión cautelosa, casi tímida de Georges le sorprendió y le alarmó. Le observó parpadear y volver a frotarse los párpados, oscurecidos por la falta de sueño.
Le miró de arriba abajo. Ahora que se fijaba de verdad en él, el hombre descubrió que si bien Duroy lucía la misma buena apariencia de siempre, había sutiles diferencias que pasaban inadvertidas en un primer vistazo. Como su corbata, siempre perfecta y que ese día estaba anudada de forma floja y descuidada. O su cabello, hasta ahora impoluto y prolijo, que últimamente parecía bastante más largo y más salvaje que de costumbre. Que eso solo le hiciese aún mas atractivo no contaba. Con ojo crítico, se cercioró de que no parecía haberse afeitado en días, lo que acentuaba aún más su aspecto trasnochado. Que estuviese tan delgado que los huesos se marcasen sobre la piel transparente de puro pálida, tampoco ayudaba demasiado, se dijo con un ligero pesar.
—Preferiría dejar el tema François —suspiró con cansancio. Apoyó los codos en la mesa y se sujetó la frente un minuto, mirando la madera —pero veo que es inútil —levantó los ojos y le examinó con seriedad — ¿No tienes intención de irte y dejarlo correr, verdad?
—No —afirmó, con más seguridad de la que en realidad sentía —de verdad creo que deberías confiar en mi —el periodista carraspeó —No sé que ocurre, pero quiero ayudarte, si me lo permites.
—Bien —murmuró ordenando los útiles sobre el secante del escritorio. Con gesto distraído observó sus yemas manchadas de tinta, como si no supiese que hacer —Esto será largo. Te dije que no a una cerveza, pero te acepto un café.
—Vamos entonces —François se levantó, haciéndole un gesto apremiante —Tienes que aprender a confiar en alguien, ¿sabes? Es un ejercicio muy sano.
—No sé si te vas a sentir igual de feliz cuando acabe —le advirtió con sequedad. Su mirada vagó por el desorden buscando su sombrero —ni creo que sirva de nada, pero te voy a tomar la palabra —ya adecuadamente pretechado, hizo un ademán, dejándole iniciar la marcha.
Juntos, caminaron en un cómodo silencio por las calles bulliciosas, ya que era la hora propicia para que las primeras parejas saliesen a tomar un chocolate, o que los trabajadores de las oficinas cercanas hiciesen un receso en sus quehaceres.
El pórtico principal de la Madeleine estaba abierto de par en par, mientras el párroco se encargaba de recibir a los fieles que acudían al culto vespertino.
Ocuparon una de las mesas del piso de arriba de Herdiard y tras hacer su pedido, charlaron ligeramente tensos de nuevo, a la espera de que el camarero regresase.
— ¿Y bien? —esta vez no iba a dejarle ir sin saber que ocurría. Y si él podía ayudar de alguna forma.
Georges luchó contra el deseo de hablar y desahogarse. Al mismo tiempo, su innata reserva a comentar cualquier asunto personal le frenaba. Respiró hondo y por primera vez en mucho tiempo, fue por completo sincero con otra persona, que no era Beatrice, por propia iniciativa.
— ¿Y dices que no sabes donde está? —asombrado François tomó la botella de vino y escanció dos nuevas copas. Durante el largo rato en que Georges le había explicado con pormenores lo acontecido durante la noche de hacía un mes, habían acabado pidiendo una botella del tinto de la casa, de la que estaban dando buena cuenta.
—No —respondió con una mueca de disgusto —me he entrevistado dos veces con su padre. Pero a pesar de que me aseguró que ya no se niega al matrimonio, dice que es aun demasiado pronto para anunciar nada. No cuando hasta hace unos días, todo Paris aun especulaba acerca de esa maldita fiesta.
—Te da largas ahora —se indignó — ¿después de que le has salvado de ese imbecil?
—Eso cree, pero no me conoce —entrecerró los ojos enfadado —Hace dos días conseguí una dispensa especial… con ella podré casarme sin necesidad de correr amonestaciones, y todas esas cosas tontas —agitó la mano, llevándose la copa a los labios. François observó las heridas mal curadas de sus nudillos
—Le diste ¿Eh? —rió por lo bajo, señalando las costras.
Georges se observó la mano y con un gesto lento, casi descuidado, flexionó los dedos.
—Ese hijo de puta parecía rabioso o infectado con algo, aún me duelen —una mueca de asco se extendió por sus facciones —pero volvería a hacerlo.
—Se corrió el rumor de que el viejo D´Arceneu le había pillado con una de sus amantes y que por eso se anuló todo. Además de que unas semanas después, vieron a Laroche partir desde Calais con la cara aún destrozada.
—Tuvo suerte —fue la única respuesta, pronunciada en un tono suave, casi inadvertido —Me contuve para no retorcerle el pescuezo allí mismo. Sin embargo Beatrice…ella no merecía soportar ese espectáculo, así que le dejé ir sin mas.
—¿Crees que te aceptará? —François miró de frente al periodista, que dejó vagar sus ojos por el local semivacio. La tarde de principios de septiembre aún era lo bastante cálida como para invitar a permanecer en las terrazas, no en aquella oscuridad, ligeramente sofocante.
—No lo se —susurró jugando con la copa de pie delicado —Quiero creer que si, que me aceptará a pesar de haber sido un completo imbecil. Quiero pensar que no pueda negarse porque…quizás ella, esté…—tragó saliva. Apartó la mirada, turbado y lo bastante avergonzado como para ruborizarse.
—Espera…—François le sujetó del antebrazo — ¿Crees que está encinta?
—Podría ser —asintió —ese mareo…no se si quiero que me diga que sí porque no le quede otro remedio, porque se lo terca que es —sus labios se curvaron en una mueca de genuino cariño —y odiaría eso. Y sé que me lo hará pagar, es pequeña pero tiene la cabeza más dura del mundo —no pudo ocultar la admiración —Además tengo miedo —confesó con un murmullo llenos de pesadumbre —por un lado…deseo…Joder no se como decirlo sin sonar como un idiota redomado —se exasperó —me encantaría verla encinta y saber que ese niño es mio. Es algo que…—se sonrojó hasta que su cuello adquirió un tinte purpúreo—jamás me había pasado eso ¿sabes? —la inseguridad se reflejaba en el modo en que las mejillas se tornaron casi violetas, al igual que si fuese un niño pequeño pillado en una falta —Querer con tanta fuerza marcar a alguien de por vida…—agitó la cabeza, quizás incrédulo por su propio comportamiento y la forma en que sentía —Soy un imbecil, pero es como si no pudiese pensar en otra cosa. A la vez, me da pavor que le ocurra lo mismo que a Suzanne.
—Lo de Suzanne fue mala suerte hombre —le rellenó la copa —y aún no sabes si eso es cierto o no. Lo que necesitas ahora es encontrarla y hablar con ella.
—Lo sé —suspiró, volviendo a enredar los dedos entre los mechones despeinados, despejándose la frente —Lo sé, pero no quiero forzarla tampoco. Y esa noche estaba muy dolida. No me perdono haberla puesto en esa situación François, fue algo grotesco.
—Tampoco te flageles —le tocó el antebrazo en un gesto de amistoso consuelo —No tenías idea de que iba a ocurrir eso.
—Eso no me ayuda, ¿sabes? —cerró los ojos —la expresión de su cara al saber lo de la petición de mano que le hice en navidad a su padre, fue terrible ver como se llenaba de decepción.
—La sorprendiste, pero después de eso, han pasado semanas.
—Eso sólo lo hace aún peor —gimió — ¿Sabes lo imbecil que he sido? —Se despeinó aún más, frustrado —Me acerque a ella con aires de gran señor y le he demostrado que soy un patán, tal y como era cuando regresé de Argelia.
—Georges, no seas tan duro contigo hombre —bebió en silencio, elucubrando posibles opciones —Céntrate en encontrarla y hablar con ella. Si tienes ese documento, úsalo.
—Eso intento —confesó —si te soy sincero, no me importa que de nuevo todo París me vea como un advenedizo, pese a que juré que no ocurriría. Ese maldito conde me debe una, y no se la dejaré pasar. No
— ¿Has hablado con la niña esa?
— ¿Qué niña?
—La hija de Clementine St. Aube, ¿No son íntimas? Quizás ella sepa algo
—Puede ser…—dejó la copa y se dedicó a hacer círculos sobre la madera con la yema del dedo usando la humedad del liquido que había vertido hacía un rato —Si se deja ver…parece que últimamente no la encuentro en ninguna lado
—Con mas motivo —adujo —es posible que esté con…
—Beatrice —susurró ensimismado —se llama Beatrice.
—Vamos —el tono de voz del joven había tocado alguna fibra sensible del encallecido corazón de François. Si aquel calavera había caído en las redes de Eros, aquello quería decir que el amor existía.
Los sonidos del exterior estaban atenuados por la distancia. Desde uno de los dormitorios más alejados a la fiesta. Beatrice despidió la doncella y cerró tras de si. El vestido era lo bastante liviano como para no necesitar ayuda después de que le desabrochase el apretado corsé. En otra ocasión, hubiese aprovechado sus servicios, pero no esa noche.
Guiándose por la luz de la luna, que entraba a raudales por las ventanas abiertas, se fue despojando una a una de las prendas que la cubrían, hasta que sólo dejó la tenue camisola de gasa blanca sobre su cuerpo.
El resuello apresurado le sacó de aquel sueño, tan vivido y real como si acabase de regresar de esa cama que compartió con Beatrice. Se llevó las manos a la cabeza, había tomado demasiado vino con François. Y el exceso de alcohol le había hecho dormir demasiado profundo. Y soñar. El no quería soñar con lo que había tenido y ahora añoraba con la más absoluta desesperación.No supo ue a kilómetros de allí, otra persona acababa de despertarse con el mismo recuerdo.
Aun le temblaban las piernas después del encuentro apasionado de hacia unas horas. Dios…aún sentía las caricias candentes del hombre sobre su piel. Acalorada, tomó una toalla de lienzo y la humedeció con el agua de la palangana que había en el tocador contiguo a la alcoba.
Suspiró aliviada cuando la frescura del líquido perfumado se llevó los restos del sudor que los bailes en el abarrotado salón habían dejado sobre su piel. Marge había dispuesto una bata para ella sobre el escabel, pero la noche era tan tibia que la camisola podría bastarle para dormir con comodidad. Desde su balcón, las luces del salón se reflejaban en los cristales del invernadero y en el agua de una de las fuentes. Sin pretenderlo, su mente voló hasta el hombre que la obsesionaba. En algún momento impreciso de la velada había dejado de verle y cansada, solicitó permiso para poder irse a dormir. Sus padres accedieron gustosos, por lo que los tres, subieron hasta el ala del chateu que alojaba solo a la familia y amigos más íntimos.
—Georges…—susurró, cerrando los ojos. Se sentía eufórica y aprensiva. Como siempre que le tenía cerca. Pensó en como las manos de su amante la habían recorrido, una y otra vez, llevándola a la más absoluta de las locuras. Y ahora, el mero recuerdo la hacía sentir lánguida. Su sexo latía, para su vergüenza, aquella lujuria se había convertido en algo que la acosaba con más fuerza en cada ocasión. Llenándola de miedos que no queria confesarse.
Un pequeño ruido a su espalda la hizo ponerse en guardia. Escrutó las sombras grisáceas, pero lo único que divisó era el maniquí que sostenía uno de sus vestidos de gala. Estaba excitada por los acontecimientos que se habían sucedido sin descanso. Desde el baile, al encuentro con Georges al esfuerzo de volver de nuevo a mezclarse entre las personas, como si no ocurriese nada. La cama estaba preparada para acostarse, así que, acalorada, sólo tuvo que tirar de la sábana, obviando la colcha. No era consciente de lo extremadamente cansada que estaba, pues cayó en un sueño profundo apenas su cabeza descansó sobre la fresca almohada.
Su cadera delgada se apoyó sobre el dintel de la puerta que comunicaba el vestidor con el dormitorio. El pequeño espacio le sofocaba, pero una vez decidido, creyó que era mejor esperar allí mientras Beatrice despedía a la doncella, que seguramente dormía en el piso de arriba junto con el resto del servicio. Se apartó el pelo de los ojos y volvió a mirar el pequeño bulto sobre la cama. Sus ojos vagaron indolentes por el espacioso cuarto. Era bastante parecido al suyo propio, descubrió, aunque allí reinaba un caos que en su caso, su ayuda de cámara mantenía a raya. Sonrió a su reflejo, apenas una mancha oscura, iluminada por los haces sesgados de la luz plateada de la luna. Se había cambiado la ropa negra por unos pantalones de montar y una camisa que no se había molestado en meter dentro del confín de la apretada prenda. Sabía los riesgos que corría al desaparecer de la fiesta, pero la excusa dada a la anfitriona debería bastar. En parte, era cierta. Estaba exhausto. El viaje desde Épernay, pasando por París sin apenas tiempo de descansar, y de nuevo, camino de una fiesta a la que hace unas semanas no habría acudido de ninguna de las maneras. Y la causante era ella, Beatrice D`Arceneu. Caminó sin hacer ruido y se detuvo al pie de la cama. Ella se movió un poco y pudo ver la curva de su mejilla sonrosada. Un espasmo le recorrió. Esa noche habían compartido momentos apasionados, ¿Y qué? Se dijo, eso no era nuevo. El sexo siempre era así, siempre había sido una fuente de diversión en su vida y poco más. Pero al abrazarla, unidos en el momento del éxtasis una idea había tomado forma en su cerebro, quería dormir con ella. Era tonto, ni con Madeleine y mucho menos Suzanne, el hecho de pasar la noche en la misma cama había significado nada. Pero se había encontrado a sí mismo pensando con cómo llevar a cabo su deseo. Intentando convencerse de que en realidad lo que le atraía era el reto de burlar a la anfitriona, a los padres y a cualquiera que celase el sueño de la joven. Pero no podía mentirse a sí mismo por siempre. Un pequeño gemido se elevó al ver las piernas desnudas, que tan bien encajaban en su cintura. Simplemente, quería tomarla en la cama, hacerle de nuevo el amor y permitirse el placer de disfrutar de aquel cuerpo cálido hasta que el amanecer llegase. Mezclar su sueño al de ella. Dar un paso más en el juego y llevarla más allá. Su única reserva era que al arrastrarla, sus propios sentimientos se estaban involucrando más de lo que deseaba.
Sabía eso, mientras se aseaba, mientras escogía las ropas, mientras tomaba la pequeña caja de esmalte que contenía un condón, o mientras tomaba la pequeña chuchería que no había podido resistir comprar para ella. Sonrió, haciendo girar el diminuto objeto entre sus dedos. Era una locura, entregar nada que pudiese significar que entre ellos había algo más que una aventura ocasional, que estaba abocada a una pronta separación. Pero no había podido evitarlo. Era tan simple como eso. No fue capaz de pasar de largo sin adquirir la diminuta pulsera de oro indio, apenas un hijo imperceptible de brillo rojizo. Era un trabajo delicado, en apariencia simple, pero que encerraba una perfecta hermosura. Tal y como era ella. Una pequeña y delicada joya, como Beatrice.
La primera vez que la vio, se sintió ligeramente interesado. Era apenas una niña, se dijo, pero un germen de interés acabó floreciendo en su interior. Cada vez que se encontraban, acabó dándose cuenta de que esperaba por un nuevo encuentro. Quería verla, y no sólo porque la atracción entre ellos era intensa, sino porque le apetecía escucharla hablar. Agitó la cabeza, algunos días, se encontró a si mismo deseando poder relatarle algún suceso interesante o divertido de su día a día. Y esa noche…esa noche no pudo, simplemente, dejar ir la oportunidad. Iban a compartir techo, quizás, esa sería la única vez, y necesitaba abrazarla.
Con una media sonrisa, se despojó de sus ropas, que dejó dobladas con pulcritud al pie de la cama. Ella seguía acurrucada, los rizos oscuros sujetos en una gruesa trenza que pensaba deshacer. Despacio, intentando no despertarla, si tumbó de costado y la observó. La había visto dormir muchas veces, tras hacer el amor, en sus brazos, la luz del ocaso iluminando sus facciones con dorado esplendor. Esa noche su aspecto no era muy diferente, en apariencia. Algo se sentía extraño en su interior, sin embargo. El se percibía diferente.
—Por dios…—murmuró con la voz ronca — ¿Porqué eres tan bonita? —una inexplicable sensación, hasta ese momento desconocida, le llenó. Un calor lánguido, a medio camino entre la ternura y el candente deseo. Parpadeó, alejando una inusitada humedad en sus ojos. ¿Era aquella la única vez en toda su existencia que iban a ver pasar la noche sobre ellos, cubriéndoles como un manto acogedor? La idea le entristeció más allá de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso ante sí mismo. Rozó la pequeña nariz, el arco perfecto de sus cejas oscuras. Se maravilló de la forma de sus labios, que se fruncieron bajo su contacto —Beatrice…te necesito —musitó, sin pretender ser escuchado, sin desearlo siquiera, inconsciente de lo que revelaban sus palabras. Acercó su boca a aquella piel que le llamaba. Suspiró, cautivado por la tersura, bañándola con lentas caricias, rogando por una respuesta. Cuando sus deseos se hicieron realidad, sintió que, de nuevo, estaba completo.
—Georges —le abrazó, sonriendo, ajena al riesgo que corrían, disfrutando plenamente del momento. Arrastrándolo a ser feliz con su candidez — ¿Cómo sabias que esta es mi habitación?
—Una vez te dije que siempre sé acerca de lo que es mío —apretó su cintura, atrayéndola —Y tu, ma petite, definitivamente, lo eres…—bajó por su cuello, inspirando su delicado aroma.
— ¿Lo soy? —Susurró — ¿Y tu hermoso pirata, eres mío, al menos por esta noche?
—Absolutamente hechicera —aseguró, tirando con los dientes del satén que cerraba el escote —soy tuyo…quiero que me hechices —con un ligero gruñido, mordió las erizadas crestas oscuras, que se le ofrecían apetitosas como fruta madura —pero eso ya lo has hecho, ¿no es cierto?
—Georges—un lamento escapó de entre sus labios al sentir los atrevidos avances. El liquido placer pulsante le quemaba en la entrepierna, para su deleite, él no escatimó en caricias y susurros lascivos, que la horrorizaban y a la vez, la enardecían —Dios…tú eres quien me ha enloquecido.
—Me alegro —la besó, mientras le hacía alzar los brazos y la desnudaba por completo —Porque no quiero estar solo en esto petite.
—Oh…no lo estás —aseguró acariciando su rostro, disfrutando del leve rastrojo que despuntaba ya sobre su mentón —no mientras yo esté aquí.
—Beatrice —la tumbó sin ceremonias, demasiado impaciente para hacer algo más que apretar su pelvis contra la de ella. Lentos círculos eróticos, juguetones avances que consiguieron hacerles enloquecer, perdidos en la sensualidad que, inevitable, se encendía entre ellos como un fuego voraz —Te deseo…
—Y yo a ti —respondió, apretando los brazos en torno a la espalda del joven. Estaba tenso bajo su toque, los músculos ondulaban en tibias oleadas mientras se alzaba sobre sus manos, entre ligeros jadeos, sin dejar, sin embargo, de mover las caderas. La traspasó con sus ojos claros, que brillaban licuados, incoloros bajo la luz de aquella luna que les cubría de sombras argentinas.
—Quiero volver a hacerte el amor —declaró —quiero que seas tú quien me use, quien me hagas suplicar. Quiero ser tuyo, que me ames hasta que no sepa ni como me llamo Beatrice. Olvidarme de todo, salvo de que estás aquí, a mi lado.
—Ven —le acercó, instándole a cubrirla con su cuerpo —Ven a mi Georges. Te necesito tanto…
La besó por última vez mientras buscaba el preservativo y cubría su dolorosa erección con él. Frente a frente, se observaron, respirando con dificultad, el ansia de consumar su unión chisporroteaba entre ellos, instándoles a acercarse y seguir.
—Gírate —la instruyó con la voz baja. Su mano codiciosa acaricio la espalda y la curva de las nalgas. Ayudado por uno de sus muslos, expuso ante sí el jugoso pubis de la joven —Cristo, que apetecible eres —mordió un instante la curva de su delicado cuello, succionando la piel salada. Introdujo dos dedos en su crepitante interior y cerró los ojos al oírla jadear más fuerte. Con sus sensitivas yemas, estimuló el turgente nudo en el fondo de su vagina, frotándolo una y otra vez. Las contracciones del orgasmo casi le hicieron alcanzar su propio clímax. Con la otra mano, giró su rostro hasta que sus bocas se acercaron. Hundió su lengua, deleitado por el calor que le recibía con pasión —Silencio petite…silencio —pidió con divertida malicia, casi sin evitar que un quejido escapase de su garganta mientras, al fin, la penetraba. Se movieron de forma acompasada, podía percibir como los temblores la acometían de nuevo con cada una de sus embestidas. Se mareó, en un intento de contener el orgasmo, cada una de sus acometidas se tornó errática, frenética. La besó, en in desesperado intento de no gritar. Pudo notar como explotaba, su vagina pulsaba con fuerza, sin compasión, llevándole al limite sin que pudiese hacer otra cosa más que dejarse llevar por la ola que les arrastraba mas allá de cualquier realidad.
Con los ojos cerrados, aún apretándola contra sí, luchando por recuperar el aliento, pudo oírla sollozar. El lento pánico que le atravesó fue como si un jarro de agua fría bañase su cuerpo aterido. Se apartó para mirarla, tocándola, intentado descubrir si había sido demasiado rudo y le había causado algún tipo de daño.
—Chére…—gimió —dios mío, dime que ocurre, ¿he sido brusco? ¿Te he hecho daño? Háblame por favor
—Georges —Beatrice se cubrió la cara con las manos, avergonzada por el estallido emocional —abrázame
—Claro —la apretó, mientras sentía el corazón latiendo alocado contra las costillas, el de Beatrice, percutiendo contra su piel con parejo ritmo —pero dime que te pasa. ¿Te duele?
—Tengo miedo —susurró, el llanto suave se convirtió en una lenta letanía, que le hizo desear poder sollozar. La envidió como nunca antes había envidiado a otra persona en el mundo. El no era capaz de reconocer sus sentimientos, no frente a otra persona. Nunca lo había hecho, en su vida.
—Todo estará bien —mintió, porque era lo único que podía hacer, usar palabras huecas que la consolasen. Aunque ambos sabían que aquellas silabas no eran ciertas, también eran conscientes de que entre ellos era cuanto existiría. Unas pocas palabras que sirviesen para acallar el dolor profundo que la distancia significaba —todo estará bien petite. Mi pequeña valiente…
—No lo soy…—le agarró fuerte, apretando el rostro empapado contra su cuello. El la envolvió con sus brazos un segundo para luego apartarse. La besó antes de ocuparse de asearlos a ambos. En silencio, volvió a tumbarse, apretándola de nuevo, tan cerca que parecían sellados el uno al otro. Cara a cara, los pies de Beatrice de enredaron en sus pantorrillas, sus dedos juguetearon con el vello suave que las cubría, mientras se acomodaba en su brazo.
—Lo eres ma chére —susurró, besando los restos húmedos sobre sus mejillas —Nunca lo olvides. Eres la mujer mas…—las palabras se le atragantaron, incapaz de expresar cuanto sentía, sólo acertó a besarla, una y otra vez —Solo dime porque tienes miedo.
—No se si quieres oírlo —respondió sin mirarle. Suspiró, cerrando los ojos, avergonzada.
—Siempre puedes decirme lo que piensas, ¿acaso no lo sabes? —exigió
—Si, pero hay cosas que no…—Beatrice le besó, sujetándole el rostro, mirando sus ojos con seriedad. El joven tenía las pupilas dilatadas de tal forma que sus ojos no parecían azules, sino de un profundo azabache. Restos brillantes de sudor destellaban en el nacimiento del cabello, que se entretuvo en apartar del rostro. Acarició la curva de su cráneo, deteniéndose en la nuca. Era tan exquisito, cada uno de esos pequeños detalles que a veces olvidaba, le robaban el aliento cuando el hombre se hacia real enfrente de ella.
—Beatrice…—insistió, el ceño fruncido.
—Esto es muy difícil Georges…—se mordió un labio y con dulzura, delineó sus cejas arqueadas por la incertidumbre. Rozó las pestañas curvadas, la forma recta de la nariz, su boca increíblemente tierna, preñada de una vulnerabilidad que sólo era patente en momentos como aquel. Cuando él consentía en bajar la guardia. Entonces era cuando más le deseaba, cuando su expresión relajada, le daba aquel aspecto tan joven. Como si no fuese el mismo hombre serio y formal, lejano, inalcanzable. Ella había admirado a ese ser hermoso, pero adoraba a la persona que tenia enfrente. Tierno, paciente, divertido, sensual, inconsciente de que derrochaba un encanto que iba mas allá de su obvia belleza exterior. En aquella cama, él no era el libertino, el amante. Tocó el lóbulo de la oreja y bajó por la mandíbula, allí era Georges, el hombre real.
— ¿Difícil? —Repitió — ¿Quieres que me vaya? ¿Temes que nos encuentren?
—Tengo miedo de ti Georges…—le aferró, acallando sus palabras —Y no te atrevas a advertirme nada, solo abrázame fuerte
—Beatrice…—la obedeció, con los ojos cerrados. “tengo miedo”. Su rotunda afirmación hizo eco en su pecho.
Y la entendió. Dios, como la comprendía, porque él experimentaba aquel arrollador temor con cada nuevo encuentro. Se sentía caer en una espiral, incapaz de sobreponerse al sentimiento de intimidad, de ternura, de pasión que la joven le inspiraba. Era como sentirse engullido por una fuerte resaca, cuanto más luchaba contra la potencia del caos que le atrapaba, más fuerte caía. Se sumergía sin remedio, y lo más preocupante era que no tenía deseos o fuerzas para evitarlo. Aquella mujer estaba metiéndose debajo de su piel, consiguiendo lo que nadie, salvo su hijo, había logrado. Que sus barreras, las impuestas, las que ni siquiera sabia que tenia, cayesen una a una. Y eso le daba un miedo terrible y le estimula a la vez.
—Solo abrázame ma cher —susurró contra su boca, antes de empezar a temblar, aterida por motivos que no necesitaba desvelarle —hazlo como si nunca fueses a dejarme ir. Por favor.
—Lo siento —suspiró con pesar. Apretando los párpados, se mordió los labios. Aquello no debería ser así, le gritó su mente alarmada. Ellos eran solo amantes, personas que compartían un deseo común, pero solo eso. No había espacio para los sentimientos ni para los miedos, solo buen sexo y algún tibio cariño. Aquello no estaba bien. No podía estar bien —lo siento
—no…no cher —le acarició la cara. Sus dedos vagaron por la delicada pelusilla áspera que brillaba en su mentón una y otra vez —solo…abrázame.
—Beatrice —inspiró, dejándose llevar por el cansancio. Por el arrullo dulce de su respiración, un eco lejano que repercutía calmándole. Su presencia era el bálsamo que alejaba la realidad, que le daba la paz que tanto había buscado sin siquiera saberlo.
Sus cuerpos se acoplaron a la perfección, tal y como supo que lo harían. Nunca tuvo dudas de eso. Dormir con ella, fue como regresar a un hogar que no recordaba haber tenido jamás, pero que añoraba hasta la extenuación. Descansando entre sus brazos, respirando el mismo aire, se supo pleno, invencible, eterno.
El resuello apresurado le sacó de aquel sueño, tan vivido y real como si acabase de regresar de esa cama que compartió con Beatrice. Se llevó las manos a la cabeza, había tomado demasiado vino con François. Y el exceso de alcohol le había hecho dormir demasiado profundo. Y soñar. El no quería soñar con lo que había tenido y ahora añoraba con la más absoluta desesperación.No supo ue a kilómetros de allí, otra persona acababa de despertarse con el mismo recuerdo.
Oh por diosss!!!!..cuanta falta me hacia leer a mi "tutor"..no tienes idea!!...pobrecito mío!! la incertidumbre lo esta matando..piedad.piedad con my beautiful bastard!!..please..please..ha sido hermoso, erotico, tierno "vivir" otra chapter mas!!..mis reverencias nena!!...ERES UN TALENTAZOOOOOOOOOOOO!!..
ResponderEliminarNo me lo puedo creer!!!!!! El sueño... será solo sueño... no será nada premonitorio??? Qué dices que tienes que corregir???? Lo que tienes que hacer es escribir más, mucho más y decirme donde están los demás caps para releer. Gracias, muchas gracias, de verdad que esto es fantástico!!!!!
ResponderEliminarLOL! Gracias a Lucy! muaka! Rocha, en la cabecera del blog hay un enlace al relato
ResponderEliminarhttp://eltutorfanfic.blogspot.com/
Entonces era un sueno, me habia desorientado un poco y creia que me habia saltado renglones :), excelente como siempre, gracias!!
ResponderEliminarCreo que lo seguire leyendo mas tarde, estoy agotada y no puedo darle toda la atencion que merece, uf, ya veo doble.. ok, solo necesito una siesta... felicidades, esta lindoel blog...
ResponderEliminarNO SE SI SALDRA EL COMEN ..llevo se me ha anulao la cuenta q tenia y no doy pie con bola...a ver si ya esta¡¡¡
ResponderEliminarHola hermosa!! A ver si me lo leo y me pongo al día!! No hay más, no, no me he perdido nada más, seguro?? Un abrazote (pesadita soy)
ResponderEliminarExaltada no! no te has perdido nada :))
ResponderEliminar